
Pequeña semilla convertida en árbol,
contempla el cielo y su arrebol,
de copa frondosa, misteriosas ramas
retorcidos brazos, en noches
de amor.
La savia nutriente que corre en tus
venas,
insufla la fuerza de tu esplendor.
Que tu sombra calme, las horas ardientes,
tus frutos nos sacien con su
dulzor,
y cuando el paso de los años
sequen tu añoso tronco,
a hogares humildes les des tu
calor.
Que Dios te proteja, amigo del
hombre,
que ningún desalmado te cause
dolor,
la misión que tienes voluntad del
cielo,
colmarnos de beneficios, gran
hacedor.
Elda Margarita Rosario Ruiz
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